No se cuantos años tenía, cuando me salvé de perder una pierna por asistir a un partido de fútbol. Fue el día que se derrumbó la tribuna del viejo estadio de El Ejido. Había ido en compañía de mi abuelo, José Molina, cuando las gradas se vinieron al piso. El estruendo fue ensordecedor. Los espectadores caímos como racimo de naipes, entre gritos de dolor y llamados de auxilio. Mi pierna derecha no encontró fondo y quedó remordida entre las tablas envejecidas de la tribuna. Mi abuelo materno, gritaba desesperado e impotente varios escalones abajo.
Él estaba sangrando y repleto de magulladuras, mientras yo luchaba sin concesiones, porque mi extremidad no hiciera palanca con las otras tablas que mostraban filosas astillas, que ya habían producido heridas a varios espectadores, que como yo habíamos ido a ‘El Arbolito’ para degustar un banquete de fútbol, que terminó en tragedia. Afortunadamente no se registraron muertes, pero si más de un centenar de heridos. Las sirenas de las ambulancias le deban un toque de zozobra a esa fallida fiesta del fútbol. Esa desgracia fue el principio del fin de ‘El Arbolito’. Una joya enclavada en el centro de la ciudad, donde reposaban jornadas inolvidables de los cracks de antaño. Los cañonazos de César Garnica, las boleas al andar de Gonzalo Pozo, las chilenas de Ernesto Guerra, las voladas del ‘Loco’ Lozano, encendieron la mecha de la emoción en ese templo del fútbol quiteño, que el tiempo y el descuido transformaron en ruinas y en un recuerdo bañado de nostalgia.
Cuando lograron rescatarme de esa montaña de palos retorcidos respiré con alivio. Estaba sentido, pero mis huesos infantiles demostraron que estaban para grandes y duras pruebas. Todo en nombre del fútbol, ese microbio que llegó aferrado a mi cuerpo, el día que nací en Santa Bárbara, cerquita de la Plaza del Teatro y a escasas cuadras de la Plaza de la Independencia, es decir con los leones lanzándome el primer aliento, avisándome que había nacido en la mejor ciudad del mundo. En este lindo Quito de mi vida.
Incontables accidentes adornaron mi existencia por amor a la pelota. Otro día, ‘Bolita’ Baquero, un amigo incondicional de la infancia, que era tímido e inseguro, ante mi acoso y en su afán de rechazar la pelota durante un partido en los potreros de La Carolina, me estampó un zapatazo en pleno ojo, con el agravante que el mocasín del grandulón tenía un clavo expuesto, que por un pelo no me reventó el faro derecho. La contusión era enorme. Me faltaba cara para semejante moretón y para que los médicos del Hospital Vozandes, metieran incontables puntos de sutura, con aguja gigante, con hilo de grueso espesor, con una dosis de anestesia, que casi no sirvió para nada y con pasmosa frialdad. Con esa sangre fría que tienen los médicos para trabajar sin remordimientos, agujereando una y otra vez sobre esa bola de carne remordida, que dejó un impacto de esa magnitud.
El fútbol, siempre el fútbol, una pasión enfermiza. Dos meses pasé con la cara convertida en una pelota de colores. Escondido tras unas gafas Ray Ban, enormes como unas anteojeras, de esas que les colocaban a los caballos de carreras, para saltar a la pista del Hipódromo de La Carolina, que en esos tiempos funcionaba, programando seis carreras, todos los domingos desde las 2 de la tarde. Fue la última etapa de la hípica en nuestra capital. “Yo era burrero”, como califican los argentinos a los amantes de las carreras de caballos. También me quedé con las manos vacías y con el alma quebrantada, porque los domingos a la tarde, yo los ocupaba para disfrutar paseando por el padock, mirando a los caballos, escuchando a los apostadores y admirando la valentía de los jockeys, que son el corazón de la hípica, claro está, dependiendo de las caballos, de su raza y de su sangre. De ahí en más no me quedó otro remedio que recluírme los domingos a la tarde en el confort del Cine Iñaquito. Eran los tiempos de mirar en el celuloide y en la pantalla grande, las aventuras de Batman y Robin. Y de volar mentalmente en el batimóvil para ayudar en la captura del Guazón y sus secuaces. Era maldito el payaso de boca de buzón. Hasta la próxima…








