De la euforia de Barranquilla al miedo del partido extra en Lima

Washington ‘Chanfle’ Muñoz, ese insigne pateador de tiros libres nos había ofrecido el primer triunfo en la apertura de las Eliminatorias frente a Colombia en Barranquilla, destapando una comba venenosa con pierna derecha, que infló la malla colombiana. Fue el martes 20 de julio de 1965, día de fiesta nacional en Colombia. Apenas habían pasado 18 minutos de la primera etapa, cuando el puntero derecho de Barcelona, que heredó del brasileño Geninho, la maestría para pegarle a la pelota por poco tira al piso el arco cafetero. Muñoz le pegaba como los dioses. El balón hacia una comba larga en forma de arco hacia afuera y de pronto se cerraba metiéndose junto a cualquiera de los palos. ‘Chanfle’ Muñoz debe ser el mejor pateador de tiros libros en la historia del fútbol ecuatoriano.

En el de vuelta repetimos la victoria ante Colombia en Guayaquil. Dos latigazos del ‘Maestrito’ Enrique Raymondi, a los 55 minutos, el primero y a los 76 minutos, el segundo, nos dejaron cabalgando solitarios en la punta. Chile masacró a los ‘Cafeteros’ con un 7 a 2 inmisericorde en el Nacional de Santiago. Tito Fouilloux, Rubén Marcos, Ignacio Prieto y ese crack maravilloso que fue Leonel Sánchez armaron un festival de fútbol y goles que sepultaron a los colombianos.

En la revancha, Colombia contra todos los pronósticos cercó a Chile y lo doblegó con un claro e inobjetable 2 a 0, con goles de Antonio Rada a los 66 y 89 minutos. Con este resultado, la puerta del Mundial inglés estaba abierta de par en par. Había que ponerle la estocada final en el choque ante Chile en el Estadio Modelo, que lamentablemente nos dejó llorando a lágrima viva. Los araucanos tenían un gran equipo, liderado por Leonel Sánchez, que fue el gran capitán de la selección chilena que obtuvo el tercer lugar en el Mundial de 1962. El goleador era el ‘Tanque’ Campos, una mole de músculos que era capaz de reventar una pared. No fue una pared la que reventó, aquella tarde aciaga del 15 de agosto de 1965 en el viejo estadio Modelo, que era por entonces la casa habitual de la selección nacional. Fueron las costillas del ‘Gato’ Ansaldo, que aguantó como un héroe unos cuantos minutos, antes de dejar el cuidado de la portería a Luciano Macías, que se colocó el buzo de golero, porque en aquellos tiempos, inexplicablemente no se permitían cambios.

Los dirigentes pensaban como ahora, que los jugadores tan solo son útiles del espectáculo. Empatamos 2 a 2, perdiendo la posibilidad automática de obtener el boleto al Mundial inglés. ‘Cabeza Mágica’ Spencer abrió la llave de la esperanza a los 15 minutos del primer tiempo. Carlos Campos empató a los 39′. Ignacio Prieto puso el 2 a 1, a los 12 minutos del complemento, instalando el nerviosismo en las tribunas repletas de público y también de angustia. Enrique Raymondi apaciguó el desconcierto a 6 minutos del final. Chile salió con vida. Había que ir a Santiago, a buscar un punto para firmar el pasaporte. 

Chile nos ganó por 3 a 1, con un robo monumental. Aún tengo presente la fotografía que publicó Diario El Comercio, que demostraba en forma fechaciente, que el tiro de Armando ‘Tito’ Larrea había traspuesto la línea de sentencia. González la sacó tras la raya y el árbitro validó la jugada. Estaba un metro atrás de la línea de gol, metido descaradamente en el interior del arco, defendido esa tarde por Manuel Astorga. Nos metieron la mano en el bolsillo. Como después, como ahora, como siempre, cuando se trata de partidos con rivales con mayor peso en las esferas de la dirigencia continental y mundial.

Nos la metió José María Codesal, el padre de Edgardo, el juez que dictaminó el penal con el que Andreas Bremhe, el capitán de Alemania, liquidó la final del Mundial de 1990 frente a la selección argentina que dirigía Carlos Salvador Bilardo. “Fue un atraco, un invento infame”,  dijeron los rioplatenses, mientras Codesal, a Edgardo me refiero, después del escándalo que mató la ilusión de sus “primos hermanos”, recalaba con honores en la cúpula del referato mexicano, que lo recibió con alfombra roja y caravana. Suerte de bizcochuelo.

La derrota ecuatoriana en el Estadio Nacional de la capital chilena obligó a la definición en un partido extra. Lima fue designada para la última batalla en campo neutral. Ecuador y Chile tenían 5 puntos y Colombia 2. Eran los tiempos en los que se adjudicaba, solamente dos puntos por cada triunfo. Mi corazón latía desesperado, parecía que iba a reventarme las costillas. Lo sentía bombeando el bolsillo de mis camisas. La verdad, tenía enorme miedo a la batalla de Lima. Hasta la próxima… 

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