Sentía profunda admiración por ‘Tito’ Larrea. Me fascinaba gambetear como ese petiso endemoniado en los partidos de potrero, que jugaba en Iñaquito, ahí en los predios donde la selva urbana tiene edificado en la actualidad, el nervio comercial y financiero de la ciudad.
De vez en cuando iba de vacaciones a San Antonio de Guayaquil, a la casa de la familia de Luis Guerra, primo hermano de Manuelito, mi añorado tío político, que tenía la paciencia y la bondad de llevarme a unas giras que terminaban luego en Guayaquil en la casa de la familia Noroña, otros parientes de Manuelito, que era un hombre maravilloso. Generoso hasta el cansancio. Amante del fútbol y de El Nacional, del que gozó por lo menos 10 estrellas, antes de marcharse de este mundo, dejando un recuerdo que resulta imborrable para todos aquellos, que recibimos sus infinitas muestras de calidad humana. Iguales manifestaciones de apoyo ha recibido toda la familia, de Rosita Molina, su esposa de toda la vida y mi tía querida, que siempre está dispuesta para extendernos su mano y sus útiles consejos. Personalmente, tengo un deber moral con ella y toda su familia. Rosi, es un ejemplo de los atributos que deben adornar a un ser humano. Por eso Dios la premia, regalándole salud y el amor fraterno de sus cuatro nietos.
Llegábamos siempre en horas de la noche a San Antonio de Guayaquil. El viaje lo realizábamos en tren. Luis Guerra era telegrafista de los Ferrocarriles del Estado. Era un buen anfitrión. Atendía con ‘sombrero en mano’ a Manuelito, que también era un majestuoso dueño de casa, cuando su familia visitaba la capital. Muchas veces hacíamos escala de tránsito en Riobamba, donde esperaba la casa y la familia de René, hermano de Luis, que también era telegrafista del Ferrocarril. Su casa estaba ubicada a espaldas de uno de los arcos del Estadio Olímpico de Riobamba. Mi vida ya había comenzado a sobrevolar por los escenarios futbolísticos. Era un presagio de la relación, que con el paso del tiempo sería mi profesión y mi fuente de sustento: el periodismo deportivo.
Volviendo a San Antonio, cada vez que viajábamos, la noticia de la llegada de ‘Tito’ Larrea trastornaba a los chiquilines. ‘Tito’ Larrea era yo. Así me decían los pequeños prospectos de cracks de ese querido pueblo costeño que vivía de la cosecha de la caña y la venta de azúcar, por su cercanía con el ingenio Valdez, instalado en Milagro.
Metía driblings a montones, frenos impensados, limpiaba defensas, mentía con la cintura, me engolosinaba hasta el empacho con la pelota, antes de meterla entre las dos piedras, que marcaban las fronteras del arco, en el baldío contiguo a las oficinas del Ferrocarril.
Era ‘Tito’ Larrea y me lo creía. Me picaban las piernas de las ganas de driblar. Amaba el útil y lo tenía como mi mejor amigo. El pueblo se quedaba triste y yo me marchaba con lágrimas en los ojos, cuando Manuelito nos ordenaba a Carlín, su único hijo, mi primo hermano, con el que compartí toda mi infancia y parte de la juventud, que rearmáramos las valijas, porque era el momento de partir a Guayaquil para recibir y regalar afecto en la casa de los Noroña. En la casa de Don Delfín, un caballero que tenía instalado un próspero negocio en Colón y Santa Elena. Un supermercado gigante, que en esos tiempos estaba repleto a reventar y que fue el anticipo de lo que son ahora las grandes cadenas de comestibles.
Esperaban doña Lolita, Tangho, Toni, Joselo, Pilar, Mallo, Lupe, Rocío, Yolanda y Martha. Me encantaba visitarlos, porque tenían la amabilidad a flor de piel. Tangho, Ricardo Noroña es su verdadero nombre, era famoso por sus travesuras. Por sus escapadas, por sus amoríos con mujeres mayores que él, por su picardía, por sus ‘excursiones xpress’ a la caja del supermercado que alimentaba generosamente sus bolsillos y por su amor incondicional a Barcelona. Ese Barcelona que enamoraba a propios y extraños, como lo hacía el inmortal Julio Jaramillo, el ‘Ruiseñor de América’, desde las viejas rockolas, desgranando con su voz incomparable las notas de ‘Azabache’ y ‘Cinco Centavitos’ que sonaban día y noche escondidas en los largos portales de la picante urbe porteña.
Era el Barcelona de Helinho, el ‘Pez Volador’, un arquero que dejó un recuerdo imborrable en la tribuna amarilla. Volaba de palo a palo, sacaba pelotas con destino irremediable de gol. Era un portento, un golero al que ‘nacionalizaron de mentira’, los dirigentes de aquella época, que se vieron obligados a suplir a Pablo Ansaldo, el arquero titular de la selección en las eliminatorias para el Mundial de Inglaterra, luego que el ‘Tanque’ Carlos Campos le rompiera tres costillas en el encuentro ante Chile en el Modelo de Guayaquil, en el cual estuvimos en capacidad de sellar el boleto para el Mundial inglés de 1966. En otra nota les cuento ese retazo frustrante de la historia de la Tricolor. Hasta la próxima…








